¿Más feliz en una tormenta?

Difíciles perspectivas para el nuevo gobierno de Lula en Brasil

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Foto: Oliver Kornblihtt / Mídia NINJA São Paulo, 30.9.2022: Artistas, políticos y activistas de movimientos sociales se manifiestan frente al Teatro Municipal de São Paulo contra los ataques del gobierno de Bolsonaro a la cultura y al arte.

Cuando Luiz Inácio Lula da Silva compareció ante la prensa en un hotel la noche del 30 de octubre, tenía una amplia sonrisa en el rostro. Había vítores, los puños se levantaban al aire, el coro era “Olé, olé, olé, olá, Lula, Lula”. Pocos minutos antes se había conocido que el exlíder sindical había ganado por poco la segunda vuelta electoral contra el titular de la derecha radical, Jair Bolsonaro. Además de lxs funcionarixs del partido, también subieron al escenario miembrxs de movimientos sociales. Muchxs activistas habían hecho campaña durante meses y contribuyeron así a la victoria de Lula. El 1 de enero de 2023, Lula jurará su cargo en la capital, Brasilia. ¿En qué punto se encuentra el país tras casi cuatro años de gobierno de Bolsonaro? ¿Qué expectativas tienen las fuerzas de la izquierda con respecto a Lula y cuánto espacio habrá para la política de izquierda? ¿Qué papel jugarán los movimientos sociales bajo la presidencia de Lula?

Para amplios sectores de la sociedad, el mandato del presidente de extrema derecha, Bolsonaro, fue un desastre. Su gobierno recortó los programas sociales, debilitó a los sindicatos y no subió el salario mínimo a pesar de la inflación galopante. Privatizó empresas estatales, suprimió programas de lucha contra el hambre, impulsó una impopular reforma de las pensiones y es en parte responsable de casi 700.000 muertes por su desastroso manejo de la pandemia de Covid. Antes de que Bolsonaro asumiera el cargo, la izquierda social, y los movimientos sociales en particular, temían lo peor. Esto se debe a que Bolsonaro ha cultivado un desprecio paranoico por la izquierda desde su juventud. En 2018, en un mitin electoral, agarró el soporte de un micrófono, imitó un rifle y gritó a la multitud que lo aclamaba: “Dispararemos a la petralhada”. Este es el nombre despectivo para referirse a los partidarios del Partido de los Trabajadores (PT). Como presidente, el capitán en reserva hizo entonces todo lo posible por criminalizar los movimientos de izquierda. Sin embargo, aunque es indiscutible que la situación ha empeorado bajo Bolsonaro, ningún movimiento social fue prohibido ni clasificado como organización criminal, y el endurecimiento de la ley antiterrorista, temido por muchxs, fracasó. Además, la política feroz de Bolsonaro incluso tuvo a veces un efecto contrario: cuanto más insultaba a los movimientos sociales, más gente se solidarizaba. Por ejemplo, la gorra roja del Movimiento de los Sin Tierra (MST) se ha convertido en un símbolo de resistencia.

Muchxs esperan ahora un giro político de 180 grados. En efecto, esto está en el horizonte en algunas zonas. Lula prometió hacer de la lucha contra la pobreza y la desigualdad social una prioridad absoluta. El empobrecimiento empeoró enormemente durante el mandato de Bolsonaro. Las necesidades cotidianas, como las bombonas de gas para cocinar, ya no están al alcance de muchxs; 33 millones de brasileñxs pasan hambre según algunos estudios. Por eso, muchxs miran con nostalgia la época de Lula en el poder, durante la cual consiguió reducir drásticamente la pobreza, también gracias al auge de las materias primas. Sus programas sociales le dieron fama internacional. Lula quiere ahora aprovechar esto. Por ejemplo, declaró su intención de reintroducir el programa de vivienda Minha Casa, Minha Vida (Mi casa, mi vida).

Las expectativas son también altas para Lula en la política medioambiental. El todavía presidente Bolsonaro dejará un rastro de destrucción a su paso. Durante la campaña electoral de 2018, anunció que no permitiría que se destinara “ni un centímetro más” a los territorios indígenas, y prácticamente llamó a lxs brasileñxs a apropiarse de manera ilegal de las tierras. Negó la creciente deforestación, alimentó las dudas sobre el cambio climático y habló de una “psicosis medioambiental”. Y no se limitó a dar el hachazo retóricamente: al asumir el cargo, el Gobierno desautorizó a las autoridades medioambientales Ibama y a la autoridad indígena Funai. Recortó sus ya escasos fondos, ubicó a funcionarixs leales a su línea en puestos de dirección y despidió a empleadxs con conocimientos técnicos o medioambientales. La consecuencia: cada vez hay menos controles y multas. Lxs invasorxs ven esto como un pase libre. Cada vez más excavadoras atraviesan la selva, lxs buscadorxs de oro armadxs se adentran en los territorios indígenas, lxs ganaderxs roban enormes extensiones de tierra. En muchas regiones prevalece un clima de impunidad. Por eso no es de extrañar que la deforestación se haya disparado y que los conflictos por la tierra hayan aumentado.

No será fácil para Lula revertir estos procesos en un solo mandato. Sin embargo, el exlíder sindical declaró con confianza que haría de la lucha contra la crisis climática una prioridad de su gobierno, aunque el tema sea un debate mayormente marginal en Brasil. Junto con su exministra de Medio Ambiente, Marina Silva, Lula viajó a la conferencia mundial del clima COP27 en Sharm El-Sheikh, Egipto. Allí, entre otras cosas, pidió a las naciones industrializadas que aporten 100.000 millones de dólares anuales para que países como Brasil puedan reducir su deforestación.

Pero Lula no siempre fue el político de orientación ecológica que ahora se celebra. Durante el anterior mandato del PT con Lula al frente, la deforestación en la región amazónica disminuyó gradualmente. Esto también fue posible gracias a las nuevas tecnologías, como el seguimiento por satélite, que permitió detectar rápidamente la deforestación ilegal. Pero las grandes esperanzas de cambios profundos se vieron defraudadas. El presidente Lula y su sucesora Dilma Rousseff no rompieron con la lógica del crecimiento, sino todo lo contrario: el Gobierno buscó la cercanía con el agronegocio e impulsó la legalización de la soja transgénica. El proyecto más controvertido fue la megarrepresa de Belo Monte, que desplazó a miles de personas y destruyó la naturaleza. La autora Eliane Brum escribe: “Solo el PT fue capaz de implantar Belo Monte porque nadie creía que lo haría”. Ahora Lula parece querer dejar atrás esos tiempos de una vez por todas y presentó un plan de 26 puntos con objetivos ambiciosos, entre ellos reducir los gases de efecto invernadero e instaurar zonas de protección indígena y ecológica. También subrayó varias veces que quiere establecer un ministerio indígena, con un indígena o una indígena a la cabeza. Esta ha sido durante mucho tiempo una demanda central de lxs activistas indígenas. También prometió poner fin a la tala ilegal.

Sobre todo por la esperada reorientación de la política medioambiental, muchos gobiernos en el extranjero se sintieron aliviados por la victoria electoral de Lula. Las negociaciones sobre el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y los Estados del Mercado Común del Sur (Mercosur), que han permanecido inactivas, también podrían cobrar un nuevo impulso cuando Bolsonaro deje el gobierno. Varios Estados de la UE siguen bloqueando el acuerdo debido a la creciente deforestación en el Amazonas.

Vientos en contra desde la derecha

Pero ¿cuánto margen de maniobra tiene Lula para poner en práctica sus ambiciosos planes? Económicamente, el país está mal, los tiempos dorados hace tiempo pasaron. Y aunque el PT de Lula logró crecer, el partido del derrotado Bolsonaro será la bancada más fuerte en la Cámara de Diputados. Además, varixs derechistas llegaron al Senado y también ganaron puntos en las elecciones a gobernador. Los tres estados más grandes —São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais— serán gobernados por los seguidores de Bolsonaro. A pesar de la victoria electoral, Lula tendrá que luchar duramente por las mayorías en el muy fragmentado Parlamento y hacer muchas concesiones a sus socios conservadorxs.

Ya estaba claro antes de las elecciones que Lula tendría que ceder mucho de sus contenidos para lograr acuerdos políticos. Para volver a dirigir el mayor país de América Latina, había forjado una amplia alianza con actorxs económicxs conservadorxs y liberalxs. Su compañero de fórmula fue el exgobernador conservador y proempresarial de São Paulo, Geraldo Alckmin. Lxs liberalxs económicxs, como el expresidente del Banco Central, también prometieron su apoyo a Lula. Mientras los mercados financieros reaccionaban con alegría a estas alianzas, en la izquierda sonaban las alarmas. Existe un gran temor de que la futura legislatura se caracterice por una política financiera ortodoxa. Lula aún no ha decidido quién dirigirá el Ministerio de Economía, cuyo nombramiento puede ser decisivo para el rumbo del nuevo gobierno.

Lula también adoptó una posición ambivalente en otros temas. En una entrevista, declaró su oposición al aborto. Las declaraciones fueron probablemente un intento de llegar a lxs votantes evangélicxs, muchxs de los cuales apoyan a Bolsonaro. Las iglesias pentecostales tienen cada vez más influencia en Brasil, también porque Bolsonaro les ha dado mucho poder. Lula no podrá gobernar más allá de ellxs. Por lo tanto, las reivindicaciones feministas, como la flexibilización de las rígidas leyes sobre el aborto, serán probablemente difíciles de aplicar.

Vientos en contra desde la izquierda

Muchxs activistas esperan que con Lula al menos el perfil del gobierno cambie. Bajo Bolsonaro, un notorio racista, son principalmente los hombres blancos quienes marcan la pauta. Y, efectivamente, muchxs activistas y políticxs negrxs fueron incluidxs por Lula en la formación del gobierno. Pero también en el PT casi todos lxs dirigentes son blancxs y solo unxs pocxs negrxs e indígenas tienen posibilidades de obtener puestos ministeriales.

Durante la campaña electoral, los movimientos sociales, unidos en el objetivo de derrotar a Bolsonaro, habían contenido las críticas demasiado fuertes a Lula. Ahora tienen que discutir su relación con el futuro gobierno. “Por supuesto que la victoria electoral fue importante para todas las fuerzas progresistas de Brasil”, dice Gilmar Mauro, coordinador del MST, a la Fundación Rosa Luxemburg. “Pero no formaremos parte del Gobierno”. Según Mauro, ningún dirigente del MST reclama un puesto en el gobierno de Lula. Dijo que el movimiento seguiría luchando por la reforma agraria, incluso en las calles. Otrxs miembrxs de movimientos sociales anunciaron su intención de acompañar críticamente al gobierno de Lula. En los últimos meses, la prioridad ha sido expulsar a Bolsonaro del cargo. Ahora es el momento de volver a hacer sus propias políticas.

Pero eso no será fácil. Bolsonaro ha logrado reunir un movimiento muy activo detrás de él. Inmediatamente después de la derrota electoral, sus partidarixs montaron barricadas para manifestarse contra las “elecciones robadas”. La mayoría de las carreteras ya han sido despejadas, pero muchxs bolsonaristas siguen manifestándose semana tras semana en las calles de Brasil. Algunxs piden abiertamente la intervención de las Fuerzas Armadas. “Tenemos que estar preparados para enfrentarnos a esta derecha completamente radicalizada durante mucho tiempo”, dice Mauro.

Así que una cosa parece clara: el bolsonarismo seguirá siendo fuerte aunque Bolsonaro ya no sea presidente. Lula debe prepararse para un mandato tormentoso. Mauro cree lo mismo. Dice que la izquierda no debe acomodarse en su victoria electoral. “Espero que el gobierno de Lula y las fuerzas populares de Brasil consigan abordar las cuestiones más urgentes, para que dentro de cuatro años podamos elegir un gobierno aún más a la izquierda”.

*Niklas Franzen es periodista y en mayo publicó el libro “Brasil por encima de todo”. Bolsonaro y la revuelta de la derecha. (Twitter: @niklas_franzen)