Las ollas que alimentaron y retumbaron en la Floresta

Una cacerola algo ennegrecida por su uso comenzó a sonar y a ella se le sumaron otras tantas. La olla de Diana sonó desde el balcón de una de las casas patrimoniales que dan al redondel de La Floresta; desde otra ventana lo hicieron también las ollas de Violeta, Emilia, Sofia, Azucena, y otras tantas vecinas del sector en respaldo al Paro Nacional y a la lucha popular que aquel sábado doce de octubre cumplía ya diez días.

Las restricciones a la movilidad y de reunión, obligadas por el Toque de Queda impuesto horas atrás por el presidente Lenin Moreno, no impidieron que las ollas sonaran y mostraran la rabia e indignación ciudadana.

—Hay que salir, no hay que quedarnos calladas —escribió Angie, ilustradora y madre de Yllari de cinco años, dibujó un cartel con la consigna «Viva el Paro» y después de colocarse una chompa salieron juntas de casa.

– ¡Vean!, la gente está desobedeciendo el Toque de Queda, hay que salir –mandó Bibiana en un mensaje de voz.

Mujeres de todas las edades, familias enteras, personas con sus mascotas, artistas con sus instrumentos salieron desde distintas viviendas en la Floresta y ocuparon la calle Madrid. Cada quien tenía en sus manos algo para hacer bulla y manifestarse. Un vecino con un fregadero de cocina y una mama cuchara hacia ruido en pileta del redondel. Las personas que creyeron que el cacerolazo era por la Paz, un mensaje difundido desde los medios tradicionales, se regresaron a sus casas de inmediato; mientras que el resto, la gran mayoría, continuaron con el cacerolazo en respaldo al Paro y caminaron por la Avenida Ladrón de Guevara hacia La Vicentina, donde otro grupo de vecinos y vecinas los esperaban con un parlante que entonaba: «El pueblo unido, jamás será vencido». Este sería el último cacerolazo de siete que organizó este barrio.

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Desde las primeras movilizaciones de estudiantes y transportistas el 2 de octubre, en la Floresta, vecinas y vecinos se activaron. Las calles Madrid y Coruña acogieron los primeros cacerolazos, como ocurrió también en otros sectores de la ciudad.

La convocatoria para el primer cacerolazo comenzó el sábado cinco de octubre, tercer día del Paro, en un grupo de Whatsapp, un espacio digital que varias mujeres que viven en el sector lo utilizan para apoyarse de manera colectiva en la crianza y cuidado de los guaguas, para compartir información de productos y servicios, y organizar marchas y acciones feministas. Este espacio virtual para muchas representa una sala con amigas, un espacio de conversa y reunión segura; por lo que durante el Paro Nacional fue una herramienta para mantenerse informadas, organizar acciones y apoyar a la movilización popular.

En un primer momento parecía que la convocatoria llegó a las mismas mujeres. Mujeres que cada año marchan juntas en contra de la violencia de género el 25 de Noviembre; aquellas que dos semanas atrás, llegaron hasta la Plaza Grande en una masiva movilización, luego de que la Asamblea Nacional negara la propuesta de aumentar las causales para un aborto legal, en especial el aborto por violación, en la reforma del Código Integral Penal; o las mismas mujeres que marchan cada 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer o cada 1 de Mayo, Día del Trabajo. Pero no eran las únicas. Familias enteras, vecinas, vecinos, jóvenes artistas, ciclistas, estudiantes, activistas llegaron al cacerolazo, convocados por mensajes en redes sociales que decían que en La Floresta «iba a pasar algo».

Un cacerolazo popular en sábado es poco usual en Quito, día en el que la ciudad se olvida de la política, pero en esta ocasión pasó algo diferente. Parecía que la indignación era generalizada y que era necesario hacer algo para manifestar el descontento por las políticas económicas anunciadas por el presidente Lenin Moreno y su equipo económico. El sol de media tarde daba la bienvenida a las manifestantes. Violeta fue de las primeras en llegar al redondel con un cartel que decía «Viva el Paro» hecho en un pedazo de cartón y rotulado con marcadores negro y morado. Ella es artista gráfica e hizo el primer afiche digital de convocatoria al cacerolazo y lo compartió a través de WhatsApp y Facebook a otras mujeres, para luego irradiar hacia más personas.

A esas primeras cacerolas, se sumaron pitos, saxofones, cornetas y los gritos de consignas en contra de las medidas económicas del presidente. De a poco, la gente del barrio advirtió la acción. Los vecinos de las tiendas aledañas se sumaban a la acción dando caramelos y agua para quienes protestaban. La convocatoria había dado resultado, desde otros sectores de la ciudad llegaron hasta La Floresta para protestar. La respuesta estatal fue: un piquete de policías que tomaban fotos, registraba videos y se comunicaban por radio y celular, informando a los mandos superiores del suceso.

La presencia policial no intimidó a las personas, el domingo seis de octubre se repitió la convocatoria y se amplió aún más. Ya no eran solo las mujeres del barrio, personas de otros barrios del centro-norte de Quito, colectivos urbanos y estudiantes se hicieron presentes en el plantón que, en esta ocasión, se convirtió en una marcha que avanzó hasta el parque José Navarro, conocido popularmente como La Plaza de las Tripas, en La Vicentina. Los curiosos comensales de las comidas típicas, veían cómo una gran masa de gente se había tomado el barrio. El humo de los fogones y cocinas anunciaban que una gran movilización popular tomaba fuerza. El cacerolazo recibió tanta atención que vendedores ambulantes llegaron hasta el lugar a ofrecer banderas y vuvuzelas a los asistentes, luego también medios de comunicación locales dieron cobertura a la acción.

El grupo de WhatsApp era el espacio de convocatoria y articulación, donde las consignas y cánticos se compartían, luego se imprimían y repartían entre quienes llegaban. Grupos de personas hacían carteles y pancartas. Varios niños y niñas utilizaban sus juguetes para hacer algo de ruido, que se confundía entre el sonar de las ollas viejas que con cada golpe se deformaban un poco más.

Aquella noche de domingo, la movilización se extendió más horas. Entre quienes participaban de los plantones había la necesidad de planificar algo más grande, es así que decidieron organizar una Asamblea Popular.

En la Asamblea se llegó a acuerdos mínimos: la articulación que estaba surgiendo no sería partidista, existiría una vocería colectiva y se acompañaría a las acciones del movimiento indígena en la ciudad.

Las mujeres que militan en espacios organizativos entienden que la movilización de los pueblos indígenas hacia Quito requiere de gran apoyo logístico, por ello propusieron brindar las condiciones mínimas para que aquellos que llegaran desde otras provincias pudieran tener un plato de comida caliente y una cobija con la cual cubrirse del frío quiteño.  La Asamblea Popular autoconvocada en la Plaza de las Tripas, acogió esta iniciativa y por medio de canales digitales surgió la organización.

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Muchas vecinas y vecinos del barrio miraban con inquietud aquellos plantones. Quienes no se atrevían a participar, temían a la persecución y la represión policial, pero querían aportar al Paro de otra forma. Entre esas personas, estaba Diana de 33 años que junto a su familia es propietaria de un bar restaurante.

Diana nació en La Floresta y su vida estuvo muy ligada al barrio hasta los siete años. Recuerda que sus amigos, sus juegos y su realidad pasaban por el barrio. En 1999, año de la crisis financiera, socioeconómica y política más grave que hasta entonces había experimentado el Ecuador, Diana junto su familia se vieron obligados a emigrar a España; al igual que cerca de tres millones de compatriotas que buscaron en ese país, en Estados Unidos, o Italia una alternativa para salir de la profunda crisis económica e institucional que se vivía durante los años de auge del neoliberalismo.

Diana dice que comenzó a entender la solidaridad desde que era niña. Recuerda que llegó a Madrid solo con su ropa. Todos sus juguetes y comodidades se habían quedado en Ecuador. El distrito de Tetuán la acogió por cerca de veinte años. Este barrio ubicado en el centro norte de la urbe, con una fuerte influencia obrera y migrante, en el que actualmente reside el nueve por ciento de la población extranjera de la capital española, es catalogado como un barrio peligroso, con profundas desigualdades y heterogéneo, como lo describe Ignacio Encabo del diario digital El Independiente: «Calles sinuosas, casas bajas, peluquerías abiertas hasta la medianoche, solares abandonados, música latina, comida filipina y comercios de toda la vida. Metan eso en una coctelera, añadan una pizca de historia, un toque de especulación y unas pocas gotas de pisos de lujo y ya lo tienen listo. Con ustedes, Tetuán, un barrio obrero, heterogéneo y en plena transformación.»  Esas calles sinuosas se convirtieron en el patio de juegos de Diana, los niños de la cuadra en sus compinches y los vecinos en el soporte de las familias migrantes con dificultades económicas. Menciona que gracias, al barrio pudo volver a tener juguetes y que de a poco su casa se llenó con las donaciones de muebles, enseres y alimentos que la comunidad hacía a las familias que no podían sostener la vida de manera digna. Allí pasó el resto de su niñez, adolescencia y juventud. Ya para 2008, la crisis financiera global golpeó a las principales economías del mundo y la española no fue la excepción. De a poco, el desempleo y la falta de oportunidades hicieron que la idea de volver a Ecuador sea una opción para muchos compatriotas. La familia de Diana emprendió su regreso en 2014. La Floresta, donde toda su familia aún vive y comparte casa, volvió a ser el lugar escogido para retomar su vida. Cuando Diana era niña, su abuela Aurora tenía una pequeña tienda donde los fines de semana también se servía comida. En honor a ella, Diana fundó también su negocio de comida.

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La Floresta es un barrio ubicado en el centro – norte de Quito, fundado el 24 de mayo de 1917, solo 95 años después de la Batalla del Pichincha que desembocó en la liberación de Quito y aseguró la independencia de las provincias que pertenecían a la Real Audiencia. Desde su fundación ha sido considerado como un barrio residencial de clase media. En esta zona no solo viven quiteños, sino también migrantes internos y extranjeros.

Los terrenos donde se edificó el barrio la Floresta pertenecían a la Hacienda Urrutia y durante sus primeros años mantuvo esta lógica de hacienda. Donde se encuentra la actual Avenida 12 de Octubre, había un muro que la separaba del resto de la ciudad. Con el proceso expansivo que vivió Quito, luego del boom petrolero de los años 70, el barrio se abrió de a poco, pero siempre mantuvo su carácter de vecindario. Dicen que la organización de los barrios solo dura hasta cuando sus habitantes consiguen los servicios básicos, urbanización y escrituras. En la Floresta, durante muchos años no existió ningún tipo de organización vecinal, recién en 1993 se reunificó el Comité Promejoras del barrio y con ello se activó una voz ante las problemáticas que lo aquejaban. En 2005 la Asamblea de La Floresta fue determinante para que el llamado Movimiento Forajido tuviera éxito en su afán por derrocar al Coronel Lucio Gutiérrez, de la Presidencia de la República. Y como otro hito,en el 2017 cumplió su centenario.

En estos últimos años, los habitantes de la Floresta han buscado alternativas para evitar la gentrificación, la compra de predios patrimoniales por parte de grandes constructoras e inmobiliarias y los intentos municipales de autorizar el uso del suelo para bares, discotecas y otros establecimientos «de tolerancia», una iniciativa promovida por el ex alcalde Mauricio Rodas.

Cuando Diana regresó a Ecuador y a la Floresta, pudo notar que la ciudad había cambiado. Los nuevos edificios que ocupaban un lugar en el barrio se imponían sobre las casas patrimoniales. Muchos de sus amigos de la infancia se habían ido, otros ni siquiera la reconocían; ella misma era diferente. Sus años en Europa la llevaron a conocer del feminismo, los derechos humanos y de las desigualdades sociales, por eso su padre dice que es la «activista» de la familia.

Por estas razones quería que su negocio se diferenciara del resto. Entendía que La Floresta siempre fue un barrio residencial y no una zona de discotecas, razón por la que quiso que su restaurante sea también un centro cultural, más que un bar. Recuerda que la primera presentación artística en el espacio fue un teatro Drag Queen. Por este escenario también han pasado artistas independientes, teatreros y músicos de varios países.

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Desde los balcones , Diana miraba cómo el redondel se llenaba de gente en cada cacerolazo. Entendía que todas las muestras de solidaridad que ella y su familia recibieron en España, debían ser devueltas. El escenario del Paro Nacional de octubre de 2019 fue el momento para que, junto a otras iniciativas, el barrio La Floresta se convierta en uno de los puntos para sostener a una de las movilizaciones sociales más importante de la última década.

Es así que Diana junto a otros familiares comenzaron a dar ideas.

—Veamos cómo les apoyamos a los indígenas —le decía a su madre mientras hacía cuentas y buscaba cómo acomodar el presupuesto del negocio para comprar algunos alimentos más. Es así que preparó unos pocos almuerzos y, junto a uno de sus hijos, fue hasta el Ágora de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, lugar histórico de convocatoria del movimiento indígena.

Cuando llegó al epicentro de la protesta sintió que su aporte era ínfimo comparado con el número de personas que se encontraban en aquel lugar. Notó que no sólo eran hombres los que llegaron a luchar por los derechos de todos, eran familias enteras: mujeres con niños en brazos, adolescentes, abuelos y abuelas, que no solo necesitaban comida sino también abrigo, medicinas y utensilios de limpieza, para soportar de manera digna los días de lucha que venían por delante.

Diana cuenta que era la primera vez en su vida que vivía de manera tan directa una situación así. Regresó a su casa con más entusiasmo, vio la fuerza y valentía de las personas que estaban en la primera línea, de quienes colaboraban en las cocinas comunitarias, de las y los jóvenes médicos y enfermeras que arriesgaban su vida para socorrer a quienes se asfixiaban por las bombas lacrimógenas, para curar alguna herida o dar los primero auxilios a quienes habían sido golpeados o impactados por algún proyectil de la policía. También vio cómo muchos estudiantes y voluntarios cuidaban de niños, mientras sus padres, madres y hermanos en las calles decían: «no al paquetazo económico de Lenin Moreno».

Para Diana las redes sociales fueron su mayor aliado, pero al mismo tiempo sentía preocupación de que su clientela no se identifique con la lucha que ella quería apoyar. Luego de un par de publicaciones en Facebook e Instagram, recibió la respuesta de varias personas que le escribieron para hacerle llegar alimentos, medicinas, ropa y cobijas, otras tantas fueron al local a dejar lo que tenían. Junto a su hermano y varias trabajadoras organizaron todo lo que llegaba para distribuirlo según las necesidades.

—Los primeros días nos llegó solo arroz, lenteja, verduras y un poco de frutas para hacer jugo. Nos les íbamos a dar solo eso, así que compramos un poco de carne para hacer los almuerzos. No es que tengamos muchísimo dinero, pero hay que ser solidarios con quienes vienen desde tan lejos a defender los derechos de todos — recuerda Diana.

En los días más álgidos de las protestas y ante la ola de noticias falsas que hablaban de supuestos saqueos y violencia en varios sectores de la ciudad, varios negocios del barrio cerraron sus puertas. Aunque las puertas de su local parecían cerradas, en su interior se gestaban acciones solidarias para que la lucha no decaiga.

Diana y su familia estaban comprometidos en apoyar las movilizaciones y su local se convirtió en centro de acopio Allí llegaron cajas con productos, fundas con ropa, cobijas, colchones y medicinas destinadas a quienes se manifestaban. La tarea, aunque parecía simple, cada vez implicaba más riesgo ya que las entidades gubernamentales de control, tenían la intención de cortar cualquier tipo de apoyo o abastecimiento que recibiera el Movimiento Indígena, en especial su organización principal: la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE). Esto significó la intervención por parte de la Fuerza Pública en espacios colectivos; por ejemplo, fue el caso de la Casa Pukara, un centro cultural cercano a la Asamblea Nacional que estaba recolectando ayuda para el Paro y que servía como cocina comunitaria. Allí la policía realizó un operativo para impedir la solidaridad hacia los manifestantes indígenas.

La cercanía del barrio la Floresta con las llamadas zonas de paz y acogida humanitaria en las Universidades Salesiana, Andina, Politécnica y Católica, hizo que muchos alimentos y recursos que llegaron al local de Diana fueran destinados a las personas que se alojaban en esos lugares. Todos los días ella y sus familiares dejaban en estos sitios alimentos y vituallas para quienes los necesitaran.

Las vecinas de La Floresta no era las únicas que realizaban donaciones a estos centros de acogida. Desde varios sectores de la ciudad y otros cantones de la provincia de Pichincha también llegaron camiones y camionetas con insumos para los marchantes. Este fue el caso de los vecinos y vecinas de La Gasca y La Casas, que brindaron su contingente y solidaridad al refugio ubicado en la Universidad Central, así como lo hicieron estudiantes de varias carreras que adecuaron sus aulas para recibir a indígenas y campesinos.

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Mientras las movilizaciones en Quito y otras ciudades se intensificaban, los heridos se contaban por decenas y la represión policial y militar avanzaban de manera desmedida. En otros puntos del barrio varias mujeres organizaban nuevos espacios para receptar donaciones, preparar ollas comunitarias y activar la organización barrial. Desde el lunes 7 de octubre, varias de estas iniciativas empezaron a sostener las acciones que el movimiento indígena y diversos sectores sociales emprendían para echar abajo el Decreto Presidencial 883.

Poco a poco la Floresta se llenó de lugares de acopio y de iniciativas de cocinas comunitarias. Violeta junto a otras mujeres vieron el potencial que tuvo su convocatoria en redes sociales y crearon un grupo de Facebook para informar con detalle las necesidades de cada centro de acopio y de cada cocina comunitaria. Este espacio virtual servía para que ninguna cocina se quede sin manos para cocinar, para distribuir de manera equitativa los productos que llegaban y como punto informativo de las acciones del movimiento indígena.

«Chic@s en la iglesia de La Floresta se alojarán 80 personas, dicen que hace falta cobijas, almohadas y víveres. Por favor si pueden acerquémonos a colaborar», escribía Elizabeth la noche del 9 de octubre mientras posteaba una foto de las y los comuneros en el portón de la iglesia. Ella es vecina del barrio y participó de las acciones que se desarrollaron luego de los primeros cacerolazos y asambleas.

Esa misma noche, Anggie agregaba:

«El día de mañana se van a recibir alimentos para el desayuno a las 7:15 AM en el redondel, para alimentar a niños y niñas que se encuentran en la marcha. A las dos de la tarde pensábamos juntarnos para poder salir a acompañar y cuidarnos entre todxs».

La información que circulaba en los grupos de WhatsApp y Facebook se convirtió en un secreto a voces en el barrio y fue así que varias manos más se juntaron para apoyar en la preparación de alimentos, entrega de comida y ropa en los albergues. Otras personas canalizaban el alojamiento y refugio para las y los indígenas que continuaban llegando a la capital. Inclusive varias personas abrieron las puertas de sus casas a los marchantes; ese fue el caso de Adriana, artista teatral que recibió en su hogar a ocho jóvenes kichwas de Imbabura.

Todos en el barrio comentaban del Paro, la represión y la violencia; unos a favor y otros en contra. Entre quienes visitaban las tiendas barriales se corrió el rumor de que varias mujeres estaban organizando cocinas comunitarias. Esta información llegó a los oídos de Paula y su familia, propietarias de otro restaurante , quienes no dudaron en abrir sus puertas a la organización. Primero prestaron a las vecinas las cocinas industriales para preparar los alimentos en grandes ollones y también el transporte hacia las zonas donde las y los indígenas dormían.

Varias veces al día, camionetas con comida preparada y donativos, bajaban por la calle Madrid hasta la Casa de la Cultura y las universidades que se encuentran en el sector. Los vehículos iban identificados con una bandera blanca, algún cartel o una Wiphala que les abriera el paso entre la llamada Guardia Indígena, que se esforzaba en mantener el control en la zona.

Azucena es estudiante de pedagogía en la Universidad Central del Ecuador, no vive en La Floresta, pero sus amigas del feminismo sí. Cuenta que los días del Paro Nacional estuvo muy activa en las marchas, plantones y también apoyó en las tareas de las cocinas comunitarias y la distribución de alimentos. La comida que preparaban no era solo para las y los indígenas que llegaron a Quito, también eran compartidos con estudiantes, trabajadores, amas de casa, voluntarios, mendigos y personas de otros barrios de la ciudad que se habían sumado a las movilizaciones.

Junto a otras compañeras y compañeros Azu, como le dicen sus amigas, apoyaba en las mingas de limpieza de los espacios donde las y los indígenas dormían. Esta era una labor compartida junto a centenares de personas.

—Ninguno se sentía menos importante, por estar haciendo limpieza o recogiendo basura—dice Azu y recuerda que a pesar de que fueron días de mucha tensión,   que mucha gente estaba indignada y gritaba con rabia y dolor todo lo que hacía el gobierno, sabían que cada cosa que se hacía era importante

—por eso si nos tocaba limpiar, era igual de importante que quienes estaban en la primera línea o quienes daban los primero auxilios a los heridos. Cada quien hacía su trabajo porque teníamos un objetivo en común: parar con las injusticias y el abuso de autoridad de quienes ahora están en el poder.

Otro de los espacios que se sumó a las acciones solidarias desarrolladas en La Floresta fue El Chawpi, centro de creación artística ubicado en la calle Lérida. El espacio hizo una pausa a sus actividades culturales y levantó una cocina comunitaria donde voluntarios y voluntarias, desde muy temprano, preparaban avena con pan, arroz, caldos y los repartían en los refugios y casas de acogida.

Las vecinas de La Floresta estiman que al menos cuatro cocinas comunitarias se implementaron durante las jornadas de octubre en el barrio. Muchas de las personas que colaboraron y participaron, ni siquiera se conocían; varias otras no son parte de los grupos de Whatsapp y Facebook, pero su aporte fue fundamental para sostener la lucha popular en el Paro.

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A medida que los días pasaban y las manifestaciones de descontento popular se multiplicaban en varias ciudades y comunidades del país, en Quito la organización barrial sostenía la protesta. Uno de los momentos que quedó en la memoria de las vecinas de La Floresta, se vivió el miércoles 9 de octubre en las inmediaciones del edificio de la Asamblea Nacional.

La jornada había comenzado temprano y luego de recolectar donaciones y comprar algunos alimentos para preparar los almuerzos que iba a ser entregados en el Ágora de la Casa de la Cultura, varias mujeres voluntarias decidieron llegar hasta el lugar, transportadas sobre el cajón de una camioneta que llevaba comida para las y los manifestantes.

Violeta recuerda que cuando dejaron los alimentos se encontraron con un Ágora vacía. Toda la comida estaba siendo llevada hasta el lugar de la movilización que esa mañana avanzó hacia la Plaza de Santo Domingo y de regreso se detuvo en los exteriores de la Asamblea. Entonces se dirigieron para allá; cuando llegaron, las mujeres de los pueblos y nacionalidades estaban en la primera línea evitando cualquier intento de acción violenta, cantando consignas, zapateando sanjuanes y protegidas por la guardia indígena. La comida que llegaba era repartida, incluso a las tropas policiales y militares que custodiaban el predio. Según las vecinas, una tensa calma se vivía en el ambiente, un helicóptero iba y venía constantemente y policías descargaban una especie de tanques. La tranquilidad del momento se convirtió en miedo cuando la fuerza pública, sin ningún aviso, atacó a las y los manifestantes con bombas lacrimógenas. La muchedumbre corrió hacia las calles que dan hacia le barrio El Dorado. Violeta, de manera desesperada, escribía al chat colectivo preguntando a sus compañeras si se encontraban a buen recaudo.

Al caer la noche nuevas acciones de represión se vivieron en el sector de las universidades. Policías atacaron con gas lacrimógeno las zonas de paz y acogida en la Universidad Católica. Al siguiente día se informó que había niñas y niños extraviados de sus padres y madres; así cono personas heridas en los hospitales públicos. También se conoció la muerte del dirigente indígena de Cotopaxi, Inocencio Tucumbi.

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El movimiento de mujeres anunció una marcha conjunta de las mujeres de los pueblos indígenas y las organizaciones feministas para la mañana de sábado 12 de octubre. La convocatoria quiso trasladar la protesta hacia el norte de la ciudad donde las acciones del Paro Nacional habían pasado casi desapercibidas. Las vecinas de La Floresta y compañeras del movimiento feminista se sumaron a la movilización y luego del recorrido, retornaron al barrio para almorzar juntas. Mientras comían, el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas anunció el toque de queda para la ciudad de Quito a partir de las tres de la tarde. El miedo se apoderó de todas, pues temían por aquellas mujeres que estaban lejos de su casa y no podrían llegar a refugiarse a tiempo. Fue así que Violeta y otras mujeres del barrio, se colocaron en la calle Madrid y detuvieron camionetas pidiendo a los conductores transportar hasta sus casas a las mujeres que minutos antes habían marchado en paz. Luego de la fuerte represión vivida los últimos días en Quito, no había ningún tipo de garantía de que la fuerza pública respete los derechos y la vida de las mujeres; por ello, aquellas que vivían más lejos o que estaban con sus hijos fueron acogidas en las casas de La Floresta.

Esa misma noche con cacerola en mano, no menos de cien personas bajaron desde redondel de La Floresta hasta el parque José Navarro en La Vicentina. A medida que se acercaban el sonido de otras ollas se sumaba y se mezclaba con los gritos de «Viva el Paro», «No al Paquetazo» o «Fuera Lenín Fuera». Pese al entusiasmo e indignación, el temor a la represión policial rondaba en el ambiente. Las personas no olvidaban aquellas imágenes de policías y militares reprimiendo la última semana: jóvenes estudiantes atropellados por motos policiales, manifestantes inmovilizados golpeados en el piso y personas ensangrentadas por el impacto de municiones o bombas lacrimógenas. Estaba muy presente también el recuerdo de la muerte de Marco Oto y José Daniel Chaluisa en el mercado de San Roque y el velorio de Inocencio Tucumbi en el Ágora de la Casa de la Cultura. Por esta razón el cacerolazo en pleno toque de queda fue para varias de las vecinas de La Floresta uno de los momentos más representativos de todos los once días de protesta. E sto significaba jugarse la vida en un acto de desobediencia civil pacífica.

Al siguiente día, se dio el diálogo entre el movimiento indígena y el gobierno nacional. La tarde del domingo 13 de octubre. Muchas recuerdan este evento como una victoria simbólica, en que la movilización social detuvo las intenciones del régimen de imponer políticas antipopulares a todo el país.

Diana recuerda que aquella noche estaba junto a su familia frente al televisor mirando a indígenas debatir con la clase política en el poder. Aquel acto mostró las debilidades del poder y la poca aceptación popular.

El fin del diálogo fue una algarabía total. En La Floresta la gente salió a las calles a festejar. Diana, Violeta, Emilia, Sofía, Azucena, Angie y muchas mujeres que pusieron el cuerpo durante todos los días de Paro Nacional se convocaron una vez más en el redondel. Esta vez el barrio se quedó corto, por lo que a pie y en bicicleta fueron hasta la Casa de la Cultura para festejar y abrazarse con otros y otras que creyeron que la lucha es el camino para alcanzar derechos y reivindicaciones.

Diana llegó casi a media noche a la Casa de la Cultura. Rememora los festejos, la música y el fuego como símbolo de victoria. También le quedó en la memoria, la frase de un joven indígena: «ya les dimos luchando, ya les dimos ganando, nosotros ya nos vamos, pero ustedes deben seguir peleando, que esto todavía no acaba».