Una nueva política para el campo! La agricultura orgánica y campesina: saludable, sustentable y generadora de empleo

Entrevista a Luis Andrango  y José Cueva,  Ecuador

La migración desde el campo hacia las ciudades sigue a diario en América Latina. El crecimiento de las grandes urbes exacerba la contraposición del campo y la ciudad –los habitantes urbanos no conocen acerca de la procedencia y producción de sus alimentos, cuya comercialización se concentra en manos de grandes cadenas de supermercados–. Estos a su vez imponen los precios a los agricultores, lo que genera dependencia y dificulta las condiciones de vida en el campo. Así se alimenta el círculo vicioso de la migración, poniendo en peligro al mismo tiempo la soberanía alimentaria de nuestros países. Claudia López, Alejandra Santillana y Miriam Lang conversaron con Luis Andrango y José Cueva acerca de la necesidad de otra política radicalmente distinta para el agro.

¿En qué medida la agricultura campesina aporta a la humanidad hoy?, y ¿en qué proporción nos provee de alimentos en comparación con la agroindustria?

LA: Tal vez empezar dando algunos datos que se han recogido en la Vía Campesina,[1] sobre quiénes alimentan al planeta. Se encontró que el 60% de la alimentación mundial sigue viniendo de las agriculturas campesinas. De ese porcentaje, casi el 80% de la población está conformado por mujeres dedicadas a la producción. En el Ecuador, según los datos del Ministerio de Agricultura, alrededor del 64% de la alimentación del pueblo ecuatoriano proviene de la producción de pequeños agricultores. Algunos datos básicos muestran que el 80% de las papas, el 45% de la leche y el 60% del maíz, aproximadamente, proceden de estos cultivos. En ese contexto surge tu pregunta y de hecho, la pequeña agricultura, la familiar, la orgánica y la agroecológica son las responsables de la producción destinada a la mayoría de ecuatorianos. A pesar de todas las políticas que promueven la agricultura empresarial durante varios años, la alimentación sigue en manos de las mujeres y hombres del campo que están dedicados a la pequeña agricultura.

JC: Actualmente la agricultura convencional alimenta a una parte de la población, solo una parte de la nutrición de la población mundial está basada en esta agricultura, pero es una agricultura cuya energía primaria depende del petróleo en un 90%.[2] Eso necesariamente, tiene que cambiar, porque no existe otra respuesta que una agricultura orgánica. Entonces la agricultura orgánica no es una alternativa, es una necesidad que con el tiempo va a convertirse en una realidad.

¿En qué medida es verdad lo que suele decirse, que es imprescindible que la agroindustria se convierta en el modelo productivo generalizado porque la población mundial crece a tal ritmo que si no industrializamos todo nos vamos a morir de hambre? Y que la agroindustria es mucho más productiva, y esto encaja con el discurso de incrementar la productividad?

 LA: En la CLOC hemos dado un debate importante sobre los mitos que se van construyendo alrededor de la agricultura, y la expansión de la agricultura agroempresarial industrial. Encontramos algunas contradicciones alrededor del tema: Primero, es falso que la agricultura agroempresarial combate el hambre. Las políticas para la agricultura de la llamada revolución verde, es decir la mecanización e industrialización del campo, lo que han hecho es profundizar la alteración de los ciclos naturales, lo que contribuye al calentamiento global; es decir, la lógica de elevar los niveles de producción termina generando mayores niveles de contaminación, de destrucción del medio ambiente, y no resuelve el problema fundamental de la alimentación.

Es falso también que una empresa agroalimentaria genere mayores niveles de bienestar y producción. Es decir, nosotros hemos comparado la lógica productiva de una empresa agroalimentaria frente a otra de economía campesina en el Ecuador, y lo que se descubre es que la agricultura empresarial intenta industrializar cada vez más la agricultura, lo que implica disminuir el uso de mano de obra en la producción. Mientras, este falso discurso sigue afirmando que las empresas agroalimentarias son las que producen, las que dan empleo en el campo. Esta lógica tendiente a la industrialización elimina el rol de los campesinos y campesinas en la agricultura y deja la agricultura en manos de la industria, de las máquinas.

Por otra parte, cuando se compara las dos formas de hacer agricultura –agricultura industrial y campesina– en cuanto a si generan ingresos o riqueza, podemos ver que una tiene el objetivo de acumular en pocas manos, de explotar a los campesinos; mientras que la otra genera la redistribución de riquezas y garantiza la sobrevivencia familiar. La agricultura industrial está basada en la explotación del trabajo campesino, en cambio la otra es una forma de sobrevivencia campesina.

JC: Para mí, todo viene desde un cambio de paradigma, es decir, mientras la ciudad sea un “sumidero” –no solo de energía–, mientras sea el paradigma y el sueño de la gente en el campo, es difícil que la vida campesina retome su importancia y su centralidad en la alimentación de la gente.

El tema demuestra que finalmente, después de 60 años en los que este pensamiento sobre la agroindustria ha primado, actualmente hay mil millones de personas que no han comido todavía, un séptimo de la población mundial no comió hasta este momento; entonces desde la agricultura industrial no hay una respuesta al hambre, ni la va a haber. Porque el objetivo de la agricultura industrial es simplemente el negocio, y es probablemente uno de los negocios más grandes. La producción de alimentos para la humanidad pasa por ese modelo industrial para que deje ahí sus ganancias, utilidades en la industria para la producción de químicos, semillas, transporte, distribución y venta. Es un modelo monopólico que tiene acaparada la producción de alimentos, igual que otro modelo lo hace con la fabricación de armas, o la fabricación de carros o textiles, todo está monopolizado. La agricultura no está fuera de eso, de ahí a que el modelo industrial sea una respuesta al hambre es mentira, es falso.

El Ecuador, por ejemplo, fue un lugar de megadiversidad agrícola, jamás ha sufrido situaciones de hambruna. La agricultura industrial en el Ecuador no ha servido para alimentar a los ecuatorianos, aquí sirve para exportar productos de lujo. La producción de alimentos en Ecuador ha estado tradicionalmente en manos de pequeños productores, de familias productoras, especialmente indígenas, o de los pequeños productores de la Costa, todos ellos sumamente diversificados. Y durante un largo tiempo muchos de ellos no han estado vinculados al gran mercado, sino que el excedente de estos productos es el que alimentaba al resto de la población. El modelo de producción familiar y orgánico y de pequeña escala para la producción de alimentos es –pienso yo– casi insustituible, porque es diverso, sostenible, barato y porque es de fácil distribución y de fácil acceso.

Por el contrario, los países que han perdido esa capacidad de producción, por un lado dependen en gran parte de la agroindustria, y por otro, afrontarán serias crisis alimentarias en el futuro. El problema de la alimentación en el mundo no es tanto un problema de producción y de acceso, sino de dinero, quien lo tiene compra la comida y el que no, se queda sin comer. Así de sencillo.

Pienso que en el Ecuador, hay condiciones suficientes para mantener aún una agricultura campesina, una agricultura de pequeña escala, pero de alta productividad y diversidad para la población. Pero insisto que el tema del paradigma es clave, porque cada día se demanda menos de esa producción en las ciudades, cada día la alimentación está más concentrada en alimentos procesados, industrializados e importados, y eso va en desmedro de la calidad de la alimentación. Cada vez, la gente se alimenta peor, depende más de un reducido grupo de alimentos que son de producción industrial –por ejemplo, la soya, el maíz, el trigo, las grasas, las oleaginosas, etc.-, y de la producción de animales a gran escala, cerdos y pollos. En cambio, la agricultura tradicional va por otro lado, va por la diversidad en la alimentación, especialmente de legumbres, frutas, granos – que fueron la base de nuestra alimentación toda la vida, y que ahora ya no lo son.

 

Existe una posición en el discurso hegemónico, de que la vida campesina es algo que pertenece al pasado y que es opuesta a la vida “moderna” de la ciudad. La ciudad es el lugar imaginado del éxito y de la civilización. Este imaginario legitima esas políticas que finalmente apuntalan a descampesinizar el campo. ¿Cómo ven ustedes esa posición entre campo = atraso, ciudad = modernidad, subsistencia = más atraso, aún, en el contexto del debate sobre la soberanía alimentaria y las políticas públicas que se están llevando a cabo?

LA: Nosotros vemos que en este contexto de crisis, hay una ofensiva nueva del capital hacia la agricultura y hacia la alimentación. Es decir, los grandes capitales internacionales empiezan a darse cuenta de que la alimentación deja de ser un derecho, y puede convertirse en un enorme negocio. Existe una impresionante ofensiva del capital que promueve lo que nosotros llamamos “agronegocio”, es decir una lógica empresarial vinculada a la agricultura y a la producción de alimentos, que a la larga promueve políticas de mayor dependencia alimentaria de los países con las empresas, y de concentración –tanto en la producción de alimentos como en su comercialización– en manos de las transnacionales. Esta ofensiva de los capitales y de las transnacionales de apropiarse de todo el sistema de producción y comercialización de alimentos convierte al agronegocio en una válvula de escape de la actual crisis.

Un efecto concreto de esta ofensiva es que estamos viviendo un proceso de acaparamiento de la tierra, con un giro de los capitales y de las inversiones. Porque los capitales que antes estaban en la Bolsa de Valores ahora se hacen más rentables comprando tierra y luego especulando con ella, o comprando tierra para producir agrocombustibles. Según el estudio de la CLOC Vía Campesina, esta ofensiva no solo proviene de las transnacionales, también están involucrados los gobiernos de varios países de Asia, África, también Arabia Saudita y China, que se encuentran en procesos de acaparamiento de la tierra; y otros gobiernos, de los países donde se encuentra la tierra, les facilitan estos negocios. Esta ofensiva del capital no es solo económica, es también ideológica, sostiene justamente la perspectiva de que el campo es lo atrasado.

Por esa razón, se termina generando una conciencia que en el campo, lo que necesitamos son políticas de asistencia a los “grupos vulnerables”, que somos minorías, y se va creando una dependencia, no solo económica sino ideológica, con el objetivo de quitarle el rol protagónico a la sociedad campesina. Esta ofensiva ideológica apunta a que las lógicas económicas campesinas no le son favorables al sistema capitalista, entonces se crean condiciones para que se las conciba como retrógradas, inviables. Lo que intentan en el fondo, es matar la dignidad de esos pueblos y convertirlos en miserables.

JC: La orden es clara: abandonar, desalojar el campo, porque en algunos lugares el campo tiene que estar en manos de industrias agroexportadoras, en otros de mineras, hidroeléctricas, petroleras y madereras. Los campesinos son realmente un estorbo en estos territorios. Frente a ese panorama, las políticas públicas han servido principalmente para fomentar ese modelo, hasta hoy sigue siendo así. Empecemos por el tema educativo: la educación es para sacar a la gente del campo, los valores que se enseñan a los niños en el campo son valores urbanos, los imaginarios de la gente que está educando a sus hijos en el campo son de desalojo. Porque además existe una concepción creada de pobreza, de miseria en el campo. Desde hace 20 años, esta concepción ha hecho que la gente eduque a sus hijos para que no repitan, ni vuelvan a sufrir lo que ellos han sufrido, y eso significa irse a la ciudad.

En la práctica es terrible, porque la gente del campo con las bases de educación que tiene –esa educación que les saca del campo– no llega muy lejos en la ciudad, los que migran se convierten en masa de esclavos para favorecer ese mismo sistema, y dejan el campo disponible. En el caso del Ecuador, se abandonan las zonas de montaña que servirán para la minería. Las plantaciones forestales y el mercado de carbono están llegando, y las zonas agroindustriales, obviamente, se destinarán para desarrollar la agroindustria, en el Oriente para el petróleo y la madera, etcétera. Es mucho más rentable para el Estado manejar así el tema de tierras. En este momento, el camino para el campesino es absolutamente cuesta arriba, y yo diría que más que nunca, debido a la agresividad con la que se maneja la información que provoca la aculturación actual en el campo; a mi parecer es más fuerte que antes. En la actualidad, aunque el ideario de la modernidad está llegando atrasado a Ecuador, está llegando con más fuerza, el consumo, las vías, los carros, celulares, computadoras, y estas cosas están como nunca en la mente de la gente; ahora el tener cosas es algo importante.

Ante esta situación, veo pequeños polos, núcleos pequeños de resistencia en el campo que tienen las cosas claras y ven como alternativa resistir, aunque sean minoría, se trata de pequeños grupos, pequeñas organizaciones, pequeños movimientos sociales del campo. A mi parecer, todo eso va a pasar por un momento muy difícil en el corto plazo, alrededor del proceso de descampesinización. Los primeros perjudicados van a ser la gente que al dejar el campo va a enfrentar otra realidad, que es la vida urbana cada vez más compleja. Por ejemplo, en relación a la migración internacional, vemos como la gente regresa de España con una mano adelante y otra atrás, porque perdieron todo y ya jamás van a regresar a agarrar un machete o un azadón.

Se está construyendo una nueva identidad en el campo, no una identidad campesina, percibo que hay una lucha interna en algunos casos, de gente perteneciente a los núcleos de resistencia a esa modernidad pasa por una lucha interna fuerte frente al modelo, y por otro lado, esa nueva identidad campesina, que en realidad es una des-identidad. Significa el abandono de la cultura y enterrar esa cultura de supuesta miseria construida ideológicamente, de pobreza, de trabajo duro y físico.

LA: Otro tema de debate es la crítica a la izquierda por parte del movimiento campesino, porque siempre ha habido un nivel de debate sobre el partido y la vanguardia, el lugar de los movimientos sociales y la fuerza de masas; hemos hecho una crítica fuerte a la lógica vanguardista y el lugar que ocupan los cuadros y la masa, debido a que quienes han enfrentado con fuerza a la ofensiva del capital han sido siempre los grupos indígenas y campesinos, porque combaten desde su cotidianidad la imposibilidad de seguir sosteniéndose en el campo. Por otro lado, la cooperación también ha jugado un papel en la transformación del rol de la sociedad campesina indígena, y los dignos pequeños productores, contribuyendo con la lógica de que son grupos a los que hay que apoyar porque están “excluidos”. La perspectiva de inclusión en el sistema viene con el discurso de los negocios inclusivos, provocando la destrucción de formas dignas y autónomas de sobrevivencia en el campo.

Quisiera que profundicen un poco en eso que se llama “políticas de desarrollo rural”, específicamente, y la “revolución verde”, sobre toda esa arremetida de industrialización a gran escala, mecanización y tecnificación del campo que se hizo a nombre del desarrollo y del progreso. ¿Qué balance harían ustedes sobre lo ganado y lo perdido?

 JC: Podríamos ponernos a enlistar una cantidad de políticas públicas que podrían ser beneficiosas para el campo, pero todo eso pasaría por tener un Estado que parta de un pensamiento distinto, un Estado que deje de ser un instrumento y que pase a ser en los hechos un Estado que sirva a su pueblo. Actualmente estamos en una etapa en que el Estado –por lo menos en el campo– es concebido como el que viene a regalarnos algo o a entregarnos algo de lo que nos pertenece. Pero sobre todo viene a abrir el camino a la gran industria, es decir, el Estado sigue siendo el facilitador de la gran industria, en este caso la minera, la hidroeléctrica, las multinacionales agroquímicas; lastimosamente el Estado tiene como papel principal el ser facilitador. Una cosa es el discurso, pero la práctica es otra, en la práctica tenemos un Estado que, desde todos sus departamentos, desde todos sus brazos, está trabajando para facilitar el ingreso y la permanencia de la industria. El Ministerio de Agricultura es un brazo de las multinacionales agroquímicas, quieran o no, el único trabajo del Ministerio de Agricultura ha sido fomentar la siembra de cultivos “mejorados”.

El Estado ecuatoriano se cree en capacidad de entregar a los pobrecitos campesinos conocimientos, tecnologías, semillas, herramientas y regalos. Es un Estado absolutamente paternalista, absolutamente creído de sí mismo y se cree superior para mejorar las condiciones de vida de estos pobres campesinos ignorantes. Esta visión se ha traducido en los principales proyectos del Estado en el ámbito agrícola, en Ecuador tenemos el proyecto de las ERA, –las Escuelas de la Revolución Agraria– en el que jóvenes ingenieros titulados van a capacitar a tontos campesinos que no saben nada, ese enfoque de política pública desplaza el conocimiento campesino con la intervención externa, sin ningún resultado. Por ejemplo, en nuestra área, en el tema del café, hemos tenido que entrar a formar parte del Estado, fuimos funcionarios del Ministerio para sacar algún proyecto de fondo. Logramos un proyecto que se inauguró 40 veces, pero que hasta el día de hoy no arranca porque fue diseñado por los campesinos. Llevamos tres años intentando arrancar, pero la lógica con la que los grupos de caficultores que diseñaron este proyecto no encaja con la del Estado paternalista, subsidiador, superior al campesino, entonces, como el proyecto está fuera de ese enfoque, no logra avanzar. Por otra parte, las políticas del Estado siempre se han reducido a comprar cosas y a regalar, y punto. Frente a esas políticas, ¿qué se puede esperar del Estado?

A mi parecer son necesarias y urgentes varias políticas públicas, imprescindibles para el Estado, empezando por el tema de la educación, tenemos que cambiar ese paradigma de educación estúpido que tenemos en el campo, una educación alejada de la realidad, una educación de castigo, donde los profesores que llegan al campo van al campo como castigo; los profesores sueñan con que les quiten el castigo para volver a la ciudad, y con dar clases en las escuelitas urbanas. Estos profesores tienen una carga emocional negativa. Por otro lado, la infraestructura en la que estudian los niños en el campo es precaria. Pero en esos espacios se desenvuelve la educación, por ahí empieza todo. En ese tema, la intervención del Estado aquí en Ecuador ha sido nula, el aporte para la educación ha sido regalar uniformes sin lograr ningún impacto, o estandarizar el desayuno escolar con soya transgénica: papilla, galletas y granola de soya, algo terrible. Su gran proyecto le hace el juego a la agroindustria y no incluye mejoras en la infraestructura. Las políticas públicas deben proveer al campo de los servicios necesarios para que la gente no tenga que irlos a buscar a la ciudad, educación y salud principalmente. La salud ha sufrido un tremendo retroceso: mientras en la ciudad se mejora la atención, en el campo se han eliminado las pocas facilidades existentes, por ejemplo, nosotros perdimos nuestro hospital y nuestras ambulancias, no sé si esto sucedió también en otros lugares.

Con relación al modelo productivo, el Estado tendría que fomentar un modelo distinto, pero actualmente no se plantea este cambio, así sigue fomentando el mismo modelo causante del problema.

LA: Si volvemos al debate campo-ciudad antes mencionado, la ofensiva ideológica y los valores que se sustentan alrededor de lo urbano, este debate está aliado a valores que son contrarios a los valores campesinos. Por ejemplo, si en el campo, la forma de producir y sobrevivir está basada en la solidaridad, en la ciudad prima el individualismo; si en el campo, las lógicas de producción son de complementariedad, en la ciudad son de competencia. Esta ofensiva ideológica afecta a las formas y valores de la cosmovisión que son la base de la sobrevivencia de los pueblos indígenas campesinos. Otra de nuestras críticas, por ejemplo, fue que todas las políticas de desarrollo rural invisibilizaban el tema agrario, este enfoque planteaba otros elementos como el turismo comunitario, o las formas de asociación empresarial para incluirse en los mercados; por lo tanto, esta lógica de desarrollo rural intentó invisibilizar la fuerza agraria del campo, porque la fuerza no está en las lógicas de servicios que promueven las políticas sociales. La tesis era que el problema era la productividad –como se lo plantea en el debate actual– y la receta fue la inclusión de paquetes tecnológicos o agroquímicos para elevar los niveles de producción en el campo y en la agricultura ecuatoriana. Estos paquetes agroquímicos venían asociados a semillas modificadas, y a ciertos cultivos específicos. Toda esta lógica creó una dependencia total de la agricultura campesina con la agroindustria de la alimentación, –lo que nosotros llamamos la agricultura de contrato–. Es decir, el campesino sigue siendo dueño de su tierra, y de su mano de obra, pero está siendo explotado por una industria agroalimentaria que le da la semilla, los agroquímicos, los abonos y el crédito, y que al final le compra su producción a un precio impuesto. Por otra parte, los monocultivos determinan que existan cien campesinos en la misma zona, produciendo el mismo producto con los mismos insumos, y cuando se llega al final de la producción, el precio está por los suelos, así el campesino pierde su dignidad de sobrevivencia en la agricultura con esa nueva forma de explotación, traducida en el despojo de su mano de obra y trabajo. Tras un período de cinco años, nosotros no utilizamos al paquete tecnológico, sino que el paquete tecnológico termina usándonos a nosotros, bajo una lógica nueva de explotación y despojo del campo. Esos son los resultados del discurso del desarrollo rural y de la revolución verde, que tenían como objetivo elevar los niveles de productividad.

Otro ejemplo concreto es el valor actual de los insumos en la producción. El peso de la semilla y los agroquímicos llegan por lo menos al 40% del total de la inversión en la producción; así se crea una nueva dependencia económica, porque el campesino trabaja para pagar ese 40% a la misma empresa que le vende las semillas, que le da crédito, agroquímicos y es quien finalmente compra el producto.

Sus organizaciones y algunas otras frente a este panorama se están planteando la alternativa de la agricultura orgánica. ¿En qué términos sería ventajosa? En términos de fertilidad del suelo, de biodiversidad, es decir, ¿cuáles son los criterios que ustedes aplican para decir que es mejor?

LA: Nosotros hemos visto con preocupación que algunas políticas estatales favorecen la producción orgánica, sin químicos, la agricultura limpia, culturalmente adecuada, pero que cuesta tres veces más que lo normal, y nosotros los campesinos nos preguntamos: ¿caemos en esa lógica de producción para la gente pudiente o mantenemos nuestra consigna de alimentar a la gente pobre, a la gente que demanda alimentos? En ese punto surge la necesidad de acuñar la tesis de la agricultura agroecológica, es decir, nuestra tesis es que la alimentación agroecológica no tiene que ser más cara y no tiene por qué adaptarse a la lógica del consumo elitista, en el que solo puede consumir la gente que tiene dinero. Nuestra propuesta implica la generación permanente de mecanismos de comercialización solidaria alrededor de la producción agroecológica. Por otra parte, descubrimos en lo concreto, ya en la práctica, que el salir de esta agricultura convencional y pasar a una agricultura agroecológica en un principio tiene costos muy fuertes para el campesino, y salir de esta dependencia de la agricultura convencional significa, por lo menos, una transición de tres a cinco años. Sin embargo, luego de ese tiempo se pueden lograr condiciones dignas para vivir, porque permite tener educación, salud, para la familia. Esta fase de transición de la agricultura convencional a la agroecológica implica una recuperación de la capacidad de fertilidad de la tierra, porque la ofensiva de la agricultura convencional dependiente de los agroquímicos ha eliminado la fertilidad de la tierra. Por ejemplo, en un año y en una hectárea, los campesinos utilizaban para el arroz un quintal de urea. Al siguiente año la misma producción necesita tres quintales, al siguiente necesita seis, y así esta agricultura elimina la fertilidad de la tierra, por lo tanto el salto de esa agricultura a una agricultura agroecológica implica un momento de declive de los niveles de producción, de unos tres años al menos. En esta fase, sería sensato el apoyo del Estado.

Una de las contradicciones de los países industrializados es que en nuestros países promueven el libre comercio sin la presencia del Estado y sin subsidios, mientras en los países del Norte, la agricultura es uno de los sectores en el que el Estado pone más recursos e invierte más subsidios. Nosotros hicimos una comparación con los compañeros campesinos de Francia, de la Vía Campesina, ellos más o menos recibían el 60% de subsidios de lo que cuesta la producción alimentaria. Acá en cambio, las barreras son enormes: este tipo de agricultura cada vez tiene menos condiciones para riego, el agronegocio va acaparando las tierras, y los precios de los insumos para la producción son cada vez más altos, afectando a la economía campesina. Por otra parte, la producción compite con los productos de importación de otros países. Por ejemplo, en Ecuador, la mayor parte de la fruta es importada, lo que llevó a los campesinos de Tungurahua a eliminar su producción local de manzanas. Considero que existe una enorme responsabilidad del Estado para asumir a la agricultura como parte de un elemento crucial de defensa. No solo es responsabilidad de la Vía Campesina, sino que deben implementarse políticas públicas que garanticen la soberanía alimentaria, para la defensa de nuestra alimentación, y así evitar la dependencia alimentaria.

JC: Lo que pasa es que la agricultura orgánica es la única agricultura que ha existido siempre, no tiene porque llamarse agricultura orgánica, era agricultura: agro y cultura, era la sociedad del campo haciéndolo producir, y aprovechando los excedentes –que le daba su vida en el campo– para alimentar a la sociedad. Con la revolución industrial llegan excedentes industriales de otro lado que encuentran en el campo una aplicación, un mercado, y como son parte de una industria monopólica, hacen todo lo posible por generar una dependencia y que la gente entre a ese sistema de entrega de dinero. La agricultura industrial, o agricultura química empezó a reemplazar lo más importante, la energía, empezó a reemplazar la fuente primaria solar en el campo, al punto que hoy día comemos petróleo. El 90% de lo que nos alimenta es petróleo, y esta trampa no se la contaron a la gente.[3] La película completa tiene que ver con el carácter finito de esta energía primaria y hoy nos enfrentamos, entonces, a crisis alimentarias, climáticas, ambientales, económicas por esa dependencia de un producto finito que sirve como fuente primaria de energía.

Ante este panorama, más que una alternativa, repito, es una necesidad volver a la agricultura. Esa transición que tenemos actualmente ha hecho de la agricultura orgánica una agricultura enfocada a mercados elitistas o de gente que se preocupa por la salud, y entonces paga un poco más por la agricultura orgánica. Sin embargo, me parece que la agricultura orgánica, la agricultura verdadera es un imperativo en los próximos años. Los países que no estén en la capacidad de asumir y de implementar una producción de este tipo a mayor escala, con un mayor alcance, van a tener serios problemas de costos, serios problemas productivos. Hemos visto cómo la agricultura orgánica en los hechos es bastante más productiva: lo primero es empezar a aprender a calcular bien los costos de producción, que es algo que nos ha fallado siempre. Al igual que en todos los otros renglones de la economía, los costos de producción son calculados a medias, ocultan muchos de los costos y no asumen externalidades, lo mismo sucede en la agricultura, y cuando en la finca calculamos bien los costos de producción, la agricultura orgánica es absolutamente más barata y más rentable. En el momento que tenemos una mirada integral, nos damos cuenta de la importancia que tiene el suelo, el mantener la fertilidad natural del suelo tiene un impacto positivo sobre otros aspectos como el cambio climático, el agua, sobre la misma economía de la gente y por tanto sobre la migración y los problemas sociales. Al final del día, todo puede reducirse a que si logramos recuperar y mantener la fertilidad natural del suelo, podríamos evitar una serie de otros problemas, económicos, sociales, y ambientales.

Si podemos comprender eso, luego observamos que las prácticas de la agricultura orgánica no son inventos de última hora, sino más bien son prácticas que se han hecho toda la vida, desde que el ser humano se hizo sedentario; por ejemplo de una u otra forma, los avances del conocimiento en la microbiología han permitido acelerar ciertos procesos, entender mejor y mejorar procesos tradicionales campesinos, para poder replicarlos en lugares donde ya se ha perdido la oralidad, la tradición, el traspaso de ese saber. Sin embargo, la base de esa agricultura es el suelo. Mantener la fertilidad de los suelos de forma tradicional, para eliminar toda esa otra carga del modelo industrial, del modelo monopólico que tiene subsumida a la gente.

La industrialización del campo lleva a que la gente tenga que trabajar como jornaleros o peones. En muchos casos las condiciones laborales son malas, y esta gente se proletariza, o termina migrando a la ciudad, donde también van a vivir en condiciones precarias y en trabajos precarios, porque no tienen calificación. Así se vuelven dependientes de las prestaciones sociales del Estado, de los bonos y de otras cosas, mientras hubieran podido quedarse en el campo trabajando su parcela y vivir de esto, a lo mejor. ¿Qué significa, en ese sentido, la propuesta agroecológica en términos de política social, de empleo y de reducción de la pobreza?

LA: Tal vez en ese punto nosotros estamos a contracorriente porque la tendencia mundial es tener menos presencia de gente en el campo, es parte de los resultados de todo este discurso de desarrollo rural. Pero a la final, no resolvió el hambre ni resolvió la pobreza, y lo que provocó fue un terrible proceso de descampesinización general. Actualmente la ofensiva de la agricultura empresarial lo que hace es convertir a los campesinos en asalariados quitándoles su rol protagónico e incluso la dignidad, porque un campesino que vive de su parcela, es dueño de su tiempo, es de alguna forma el sostén de su familia, –generalmente son las mujeres las que están de agricultoras y sostienen la vida comunitaria–. Solo en la perspectiva de la agricultura agroecológica es posible sostener un proceso de organización campesina y popular, porque uno de los efectos negativos de la expansión de la agroindustria ha sido la incapacidad de mantener procesos organizativos en los territorios donde se asienta, porque la agroindustria además de convertir al campesino en asalariado, le resta el tiempo para la organización comunitaria, lo explota, este no tiene condiciones laborales, se aísla de su proceso comunitario, y finalmente se convierte en un explotado más, cuando antes vivía con dignidad, era dueño de su tiempo y de sus prioridades.

Además, la lógica industrial logra la expropiación de la tierra del asalariado. Nosotros hicimos mapas de lo que eran las zonas florícolas o bananeras, por ejemplo, y observamos que antes existían asentamientos campesinos alrededor; hoy han desaparecido, a causa de la expansión de la frontera agroindustrial.

JC: Considero que es un encadenamiento. Si se logra que la gente alcance productividad con rentabilidad en el campo, si se recortan otros gastos, se podría construir un verdadero modelo de desarrollo campesino, se recuperaría la agricultura, la cultura de la gente en el campo, la civilización del campo, porque de su lado están la educación y la salud. Una agricultura de este tipo requiere otro modelo de infraestructura, otro modelo de apoyo productivo. La agricultura orgánica implica una verdadera transformación social, cambia la dinámica centralizadora de los Estados, porque las políticas se generan desde abajo, esta agricultura permite descentralizar la toma de decisiones y las hace mucho más eficientes, más reales. Alrededor de la agricultura orgánica se podría generar todo un modelo de des-intervención en el campo y no un desarrollo, sino una recuperación de la vida campesina que le ahorría gastos y problemas al país. No sería necesario construir el metro de Quito, o hacer tantas obras donde se invierten miles de millones de dólares, que en realidad son simplemente producto de una mala política agraria. Considero que la gente está llenando las ciudades innecesariamente.

Hablando de Reforma Agraria, ¿cuánta superficie necesitaría una familia aquí en el Ecuador para poder vivir dignamente de la agricultura orgánica, combinando su autosustento con alguna venta para tener ingresos económicos?

LA: Nos tocó intentar definir los límites de tenencia de la tierra en el Ecuador, y ahí surgió la reflexión sobre el tema para entender y explicar el tema de la redistribución de la tierra. Nos preguntamos cuántas hectáreas tendríamos que redistribuir, a cuántos campesinos y campesinas se entregaría tierra, y en función a eso cuáles serían los límites dentro el territorio con el objetivo de que la cifra no sea arbitraria

En la Sierra, la extensión debería ser de 25 ha, esta extensión permite garantizar la sobrevivencia con dignidad; en la Costa y en la Amazonía entre 50 a 75 ha, aproximadamente. Consideramos que se necesitan entregar alrededor de dos millones de hectáreas en el Ecuador para cambiar el Índice de Gini en dos puntos y así beneficiar alrededor de un millón de campesinos y campesinas.

JC: Es un poco relativo hablar de superficies porque existen otros condicionamientos: el tipo de suelo, la topografía, el clima. En una zona de montaña se requiere de más tierra que en una zona interandina plana; en la zona montañosa una familia puede tener 10 ha, superficie dedicada a la alimentación y para producir un excedente; en la Sierra o en una zona plana, no se necesitan muchas más hectáreas. No se trata de que mayor superficie automáticamente te permita producir más… Si tu objetivo es el mercado, obviamente nada será suficiente. En cambio, si el objetivo es la producción, los cultivos de calidad, la fertilidad, la educación y la cultura en tu medio, el fin es otro.

En el clásico esquema de desarrollo rural, se considera el proyecto exitoso únicamente si se logra exportar. ¿En qué medida una política pública para el campo debería realmente fomentar la exportación, o en qué medida debería, quizás, fomentar el mercado local en primer lugar y después la exportación o los otros mercados nacionales que no son locales? ¿Qué significa esta priorización del mercado internacional en términos de escasez de combustibles fósiles y de gasto en energía – cuando por ejemplo una manzana de Chile se transporta al mercado alemán, y al mismo tiempo la manzana crecida en Alemania se transporta a Chile a lo mejor – porque hay que exportar, y se nos hace creer que los productos importados siempre son mejores que los locales?

LA: En un estudio, la Vía Campesina indica que el 15% de los gases de efecto invernadero se producen por la comercialización de alimentos provocada por las transnacionales de la alimentación.[4] Con el planteamiento de la soberanía alimentaria propuesta en la agricultura campesina agroecológica, se está combatiendo, por ejemplo, el calentamiento global y el cambio climático en general.

El otro tema es que el ideario del desarrollo rural siempre fue el generar la producción para la exportación y los resultados han sido un fracaso total, todo el mundo se proyectó a la exportación pero en los hechos los países demandan un nivel de producción que ni aún asociados todos lograrían alcanzar las demandas de stocks para la exportación. Les pongo un ejemplo, el caso concreto de la cebolla ecuatoriana. En Cayambe, Tungurahua y en el sur abrieron un proceso para la exportación al mercado Chino, se encontraron con una demanda de miles de toneladas semanales y tuvieron que unirse. Posteriormente, se vieron afectados por los criterios de calidad. El discurso suena bien, pero las experiencias concretas fueron un fracaso porque las empresas alimentarias terminan imponiendo los precios y la calidad (vista no como calidad en nutrientes para la alimentación, sino como norma industrial de tamaño, aspecto, forma etc.), dentro de una lógica perversa de explotación y ganancia alrededor de la alimentación.

Pero el problema no se queda ahí. La comercialización tiene un nivel de intermediación donde un intermediario gana por lo menos el 30% del costo del productor y el consumidor. Por ese motivo, el generar una política de comercio justo, de intercambio, no solo garantizaría la sobrevivencia campesina, sino que además alivia el bolsillo del consumidor.

JC: Las preguntas son ¿Para qué quiere un agricultor ser un exportador?, ¿para qué producimos?, ¿para qué quiere plata un agricultor? ¿Para pagarle al hijo la escuela o el colegio en Quito y acabar con su cultura campesina? Debemos hacernos todas esas preguntas, si queremos dinero, si queremos exportar. Queremos recursos económicos en el campo para ser sostenibles, crear una cultura en el campo, para hacer una vida mejor o ¿es para sacar nuestro dinero del campo? Hay que preguntarse a quién se le deja el terreno porque todos quieren ser exportadores, pero ¿a quién le van a dejar el negocio de la exportación?

Debemos ir paso por paso, primero se requiere que la gente recupere la conciencia sobre la importancia del consumo de alimentos, y entender qué es alimento y lo que significa consumirlo. Existe otro problema, y es que la gente no está consumiendo alimentos, consume basura, razón por la cual no hay demanda de alimentos. Inclusive en el mismo campo, en las fincas la gente compra fideos, arroz blanco, harina, azúcar blanca y ya no come sano; con la acidificación de su cuerpo está desarrollando enfermedades terribles.[5]

El agricultor debe empezar a comer alimentos nutritivos desde la misma finca, y cuando tenga excedentes los entregará para la venta. Debe existir una demanda de esos alimentos para la venta, hoy en día en cualquier ciudad o país los mercados tienden a desaparecer, los mercados tradicionales y populares son cada vez más pequeños y marginales, uniformizados y están siendo reemplazados por los supermercados, donde todo se encuentra en el mismo espacio y donde los productos orgánicos son caros.

Debe recuperarse el patrón de consumo para que la gente empiece a consumir alimentos, por ejemplo, tengo unos compañeros en Cotacachi que tienen una finca orgánica y sus únicos clientes son extranjeros, porque los cotacacheños no comen productos orgánicos, solo comen arroz, y las políticas públicas fomentan mayores cultivos de arroz regalándoles urea a los productores de arroz. Las políticas públicas deben fomentar y recuperar el consumo de alimentos nutritivos, la gente tiene que conocer la importancia de un alimento y conocer la diferencia entre consumir harinas y consumir minerales, entre consumir carbohidratos y consumir proteínas, porque se consumen alimentos que no tienen minerales, que no nutren y que están haciendo cerebros vacíos que solo reaccionan a estímulos, lastimosamente.

Luego viene la comercialización, si existe una demanda interna, no es necesario pensar en la exportación, porque no es para nada la solución para los campesinos, yo no conozco ejemplos o experiencias de exportación que hayan sacado a los campesinos de la pobreza. Los ricos son los grandes exportadores quienes realizan exportaciones de cacao, bananos, camarones, flores y brócolis. Por ejemplo empezaron con la agricultura de contrato en Chimborazo, pero los campesinos siguen en las mismas condiciones y sus suelos están envenenados, pero a algunos ricos les va muy bien con la exportación de estos productos.

¿Cuál es el mayor obstáculo para la comercialización local de productos campesinos? ¿Qué papel juegan en eso los registros sanitarios, las normas fitosanitarias y todos los requerimientos burocráticos que influyen también en los mercados y en la comercialización?

LA: La infraestructura, es decir, la mayoría de tierras y lugares donde se producen los alimentos, están distantes de las ciudades, entonces como las familias no tienen infraestructura, quienes terminan haciendo el traslado de los alimentos son los comercializadores. Las normas sanitarias son para nosotros parte de las barreras que se intentan poner en los sistemas de comercialización, y frente a eso se han planteado alguna forma de recuperar lo agroecológico, pero con un sello comunitario que se constituya en la misma comunidad. Yo no conozco mucho de experiencias en concreto sobre eso, pero lo que sí conozco es que todas estas medidas que imponen para los productos agrícolas en los procesos de comercialización son un pretexto para explotar a la producción campesina.

Pongo el ejemplo de Supermaxi, Pronaca.[6] Hay varios campesinos, sobre todo del sur de nuestra zona que entregan productos a Pronaca y claro, ahí les ponen todas estas condiciones de los sellos, garantías, calidades y todo eso. Los compañeros nos contaban que les devuelven más o menos el 25% de los productos que entregan, una vez que ya está dañado, les dicen que no cumplieron los registros y solo les pagan por una parte – y el resto realmente pierden, entonces la gente dice: Nosotros siempre tenemos que estimar un nivel de pérdida concreta en eso, porque ya es irrecuperable lo que nos devuelven. Todo esto bajo el discurso de que estos son los sellos, así tiene que estar.

En realidad como dije anteriormente, en todo lo vinculado al tema de sellos y certificaciones de que sea “orgánico” etc., nuestra principal preocupación es que termine siendo una cuestión elitista, y a la final –es lo mismo que sea orgánico o no orgánico, mientras el sello es una barrera en el acceso a los mercados– y sí es una barrera, de hecho es así.

JC: Sobre la demanda, el asunto es que el mercado local no está demandando una producción, el mercado local se conforma con la comida industrial, la comida barata, etcétera ¿no?, o sea, ese es el obstáculo… por eso hay que pensar a otra escala… hay que empezar a reconstruir circuitos locales de comercialización, hay que pensar en ferias pequeñas, ferias en las ciudades chiquitas antes que pensar en las grandes ciudades y pensar mucho en la diversificación para no depender de la necesidad de precios muy altos, sino más bien de una gran cantidad y diversificada a precios bajos, es decir la gente en las ciudades no está dispuesta a pagar más. Frente a eso la agricultura, en lugar de esperar precios más altos, tiene que pensar en diversificar su producción y aumentar su productividad.

¿Qué políticas favorecerían la inclusión de los pequeños productores? Según entendemos el Gobierno del Ecuador está entregando urea a los campesinos y que eso es un fomento para la producción? También entrega casas y otras prestaciones sociales, en esta visión de que el campesino es un receptor de ayuda social, pero a su criterio, ¿qué debería hacer?, ¿cómo masificar una agricultura campesina orgánica?, ¿cómo hacer de ella el modelo de producción del país, qué políticas necesitamos para eso?

  1. Lo primero es que hay que combatir un mal que arrastramos desde la época colonial, que es la concentración de la tierra y el agua en pocas manos. Esto es crucial para generar primero las condiciones concretas de sobrevivencia en el campo. Es decir, hay que generar políticas de redistribución enfocadas al tema tierra, hay que desprivatizar el agua privatizada en estos últimos años.

Luego, creo que hay que acompañar un proceso serio de transformación de la matriz productiva agraria y eso implica, políticas del Estado: Primero, para favorecer la agricultura campesina, crear condiciones de apoyo para este tipo de producción, que en concreto significa masificar la producción de abonos orgánicos, lo cual es viable y concreto. Cuando yo decía, el 40% de la producción se queda en los agroquímicos, si sustituimos esos agroquímicos por abonos orgánicos el algo realmente viable, tenemos experiencia en eso. Los abonos orgánicos pueden ser producidos por los mismos campesinos y así estamos apoyando a eliminar esa dependencia del 40% del costo en relación a la producción.

Lo segundo, es que hay que seguir garantizando que las semillas sean un patrimonio de los campesinos y no sean más un elemento de compra y venta, una patente, o una mercancía. Porque en el momento en el que las semillas se convierten en una mercancía, se genera un ciclo de dependencia y de privilegios en relación al uso de la semilla.

Lo tercero, es que hay crear una política de crédito adaptada a los ciclos de la agricultura, es decir, nosotros hicimos un análisis de los créditos que existen, incluso el 5-5 que lanzó el Estado ecuatoriano, todos estos tienen una lógica crediticia en la perspectiva mercantil, comercial, no en la perspectiva productiva, ni en los tiempos que plantean ni en sus lógicas generales, Entonces, todo el crédito en el Ecuador está enfocado en esa perspectiva, y no dentro de la perspectiva productiva campesina. Hay que definir una política crediticia que se adecúe a la lógica de la producción agropecuaria.

Hay que generar, de hecho, políticas de capacitación y de intercambio de saberes, investigación, acompañamiento, en términos más concretos para deconstruir toda la formación desde el agronegocio. Porque el problema en el tema de la formación es que la educación formal para la agricultura capacita exclusivamente para la agricultura del monocultivo y de la agroexportación, y es lo único que hay. Entonces claro, tenemos que crear un sistema, un proceso de formación que combata esa forma de cultivo y que promueva la agricultura campesina, y eso pasa por esa disputa ideológica de la que hablábamos al principio.

También hay que exigir mejoras en las condiciones de infraestructura rural, ese es un tema clave, no es suficiente con las carreteras que unen las ciudades…

¿Debería haber una especie de intermediarios públicos, encargados de ir a buscar los productos y llevarlos a los mercados en las pequeñas ciudades por ejemplo, como servicio del Estado?

LA: Sí, el Estado tiene que apoyar en un sistema de comercialización de todo el proceso alimentario, eso antes teníamos aquí, se llamaba Emprovit, ¿sí se acuerdan? Antes el Estado tenía tiendas, un sistema de comercialización de alimentos, eso fue desmantelado totalmente. En la Costa, el Estado tenía silos hace 15 años, todos fueron desmantelados y muchos fueron privatizados… Entonces lo que se necesita es la promoción de silos estatales porque la explotación en el campo se ha generado con un proceso de sobreproducción, pero como los campesinos no tienen la infraestructura para almacenar, entonces quiénes terminan siendo los responsables del almacenamiento son las grandes empresas que están ahí, y luego, estas mismas empresas son las que terminan comercializando los productos de los campesinos.

De hecho tiene que haber una política del Estado de subsidio y promoción de esta agricultura en el proceso de transición, porque si no, de verdad que resulta complejo cambiar la lógica y yo diría que a medida que se van generando las condiciones de producción de abonos orgánicos, –que como digo son viables e incluso en términos económicos hay una diferencia enorme–, a medida que avanza una política de recuperación de abonos orgánicos, progresivamente, debería ir en decremento la política de fomento a la agricultura con químicos. Ahora tiene que haber un proceso de transición, necesariamente.

Ahora, no solo hay que trabajar en cambiar el modelo productivo, también hay un modelo de consumo que sustenta ese modelo de producción.

JC: Yo empezaría por lo primero, por readecuar todo el tema educativo en el campo, es que es por ahí; no es tanto un tema tecnológico ni nada, tampoco un tema de crédito, capital, aunque sí de financiamiento, por supuesto que habrá que tomar algunas medidas en el tema, pero hay que empezar por lo educativo. Empezar a trabajar alrededor de los núcleos, en las comunidades, en la escuela, con la gente, con los padres de familia, crear profesores, educar gente para que sean profesores de ahí mismo para autoeducarnos todos en el campo.

Yo creo que de la misma gente del campo van a ir saliendo las respuestas, no las traes de afuera, sino que las encuentras con la gente, hay que saber encontrarlas, hay que saber plantear las preguntas, y luego encontrar esas respuestas, y generar, desde la educación, desde los niños y los jóvenes, las respuestas para la vida campesina. Las políticas públicas deben responder a esas respuestas para satisfacer principalmente la educación, la salud, la infraestructura que verdaderamente necesita la gente del campo, para producir, para vivir, para recrearse y reproducirse. No se pueden postergar más y más esas cosas primordiales.

Y luego, políticas secundarias que resuelvan el tema de financiamiento. La Reforma Agraria no es tierra, no, la Reforma Agraria debe ser integral, porque de nada sirve entregar tierra para tener un esclavo más con minifundio. Si se entrega tierra en los contextos actuales, se está fomentando un nuevo espacio para que las industrias hagan más negocios de agroexportación o de cualquiera de las industrias. Estas industrias tiene el poder para tomar la tierra, yo creo que la Reforma Agraria no puede ser solamente tierra, tiene que ser básicamente educación, tiene que ser salud en el campo, pero desde abajo, desde la respuesta misma de la gente, la Reforma Agraria tiene que ser independencia tecnológica. Tenemos que sacar el conocimiento de las esferas académicas y de la industria y socializarlo, devolverlo al campo. La gente tiene en sus manos el poder de la tierra, si le agregas el poder del conocimiento, le das un biopoder que puede ser altamente transformador.

[1]              Investigación realizada por la CLOC Vía Campesina, en ‹http://viacampesina.org/downloads/pdf/sp/mali-report-2012-es1.pdf› y ‹http://viacampesina.org/downloads/pdf/sp/paper6-ES-FINAL.pdf›.
[2]              La agricultura industrial moderna depende completamente de los combustibles fósiles. La mayor parte de los tractores utilizan diesel o gasolina. Las bombas de riego utilizan en su mayor parte gasóleo, gas natural o electricidad procedente de centrales térmicas. La producción de fertilizantes también depende en gran medida de la energía. Se utiliza gas natural para sintetizar el amoniaco de los fertilizantes basados en nitrógeno. El transporte de los fertilizantes también depende de los combustibles fósiles. Por eso, se suele decir que los ciudadanos ricos del mundo “comemos petróleo”.
[3]              Ver nota 4.
[4]              Ver ‹http://www.cloc-viacampesina.net/images/stories/documentos/paper5-SP.pdf›.
[5]              El diario ecuatoriano El Comercio informa a finales de noviembre 2012: “Cerca de 20.000 pequeños de 10 cantones de Chimborazo sufren desnutrición crónica, porque sus padres los alimentan con harinas y gaseosas en vez de los productos que cosechan”.
[6]              Pronaca es la mayor empresa de producción agroindustrial (sobre todo carne) en Ecuador y Supermaxi la mayor cadena de supermercados que encadenan a muchos campesinos en sus redes de comercialización.
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