Traición e infidelidad: los dioses también lloran

Por Pablo Ospina Peralta

6 de diciembre de 2017

Fuente: CEP

En memoria de Jorge León Trujillo, amigo y maestro

 

El desenlace de una telenovela

Como toda radionovela, ha ocurrido poco a poco, a cuentagotas, por capítulos, en una sucesión de agónicas escenas de traición e infidelidad[1]. El momento culminante de la división de Alianza País fue, como cabía esperar, la convocatoria a consulta popular el 2 de octubre de 2017, cuyo principal objetivo es borrar el dominio correísta sobre las instituciones estatales de control de cuentas y de parte del aparato judicial. A partir de entonces, la dimensión de los bandos se aclaró: dos tercios de los asambleístas de Alianza País se quedaron con Moreno y un tercio con Correa. Al momento de escribir estas líneas está claro que Lenin Moreno está ganando con gran diferencia la partida de ajedrez: eludió hábilmente el filtro en el que Rafael Correa confiaba más para impedir la consulta, la fidelidad de los magistrados de la Corte Constitucional, se aseguró el control del partido de gobierno una parte de cuya directiva intentó removerlo, y todas las previsiones hacen pensar que el 4 de febrero próximo tendrá un resultado electoral favorable. En un país de paradojas, resulta ahora que el único movimiento político que se opone a la consulta es una parte del partido del presidente que la convocó.

La razón de esta (hasta ahora) contundente victoria del ala morenista no es solo su llamativa habilidad para la negociación sino un par de circunstancias objetivas. La primera es que virtualmente todo el espectro político de la oposición lo apoya. Al margen de las notables discrepancias que a izquierda y derecha existen sobre las políticas de fondo de Lenin Moreno y la insatisfacción sobre los resultados del diálogo político abierto desde el 24 de mayo, la prioridad es la descorreización del Estado. En ese objetivo, no solo la mitad del partido de gobierno está con el presidente sino todos los partidos, organizaciones y movimientos políticos y sociales que sufrieron agravios durante la década pasada. La segunda es que Alianza País, como movimiento político, nació, creció y vivió siendo altamente dependiente del control del aparato del Estado. El régimen de Rafael Correa nunca tuvo entre sus prioridades construir un movimiento político orgánico digno de tal nombre.

El centro de todos sus desvelos fue el Estado, no el partido ni una organización o una sociedad civil que le sobreviviera. A la hora de la verdad, cuando había que medir fuerzas, el control del aparato estatal pesa más que el carisma personal, el liderazgo individual o las promesas de fidelidad. Pesa exactamente en proporción de dos a uno.

En política el porvenir es largo; ninguna victoria es segura ni dura para siempre. El cálculo del ala correísta es que un gobierno incapaz, indeciso e inepto con el tiempo hará que el electorado añore al brillante padre fundador de la revolución ciudadana. Si el sacrificio requerido a los fieles es grande, en el próximo futuro los profetas del desierto serán recompensados. Las lágrimas del divino líder temporalmente en desgracia serán enjuagadas y su llanto abonará la cosecha de mañana.

Ahora bien, si esta batalla interna marcó los últimos seis meses, si la necesidad de contar con una base propia de respaldo político explica gran parte de las principales acciones del gobierno de Lenin Moreno, si todos los indicios señalan que está ganando la batalla, ¿cuál es el significado de la contienda? ¿Es el proyecto político de Lenin Moreno distinto al de Rafael Correa? ¿Qué podemos esperar de su gobierno?

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[1] “Me siento totalmente traicionado”: Rafael Correa, Semana, 24 de septiembre de 2017, disponible en

http://www.semana.com/mundo/articulo/me-siento-totalmente-traicionado-rafael-correa/541601

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